Muestra de Obras






Del 14 al 28 de Noviembre de 19:30 a 21:00 hs podrán ver mis últimas obras junto con la artista Romina Karszenbaum en La Casa del Arbol, Fitz Roy 2483.  Para más info nat.zeta@gmail.com

Sueños

tinta sobre papel - 18x29cm
tinta sobre papel - 18x29cm
tinta sobre papel - 18x29cm


Miradas


A través de sus ojos - Acrílico sobre tela - 40x30 cm

Hacerse cargo I -
Acrílico sobre tela - 100x100 cm



Hugo - Acrìlico sobre tela - 50 x 60
Hugo II - Acrílico sobre tela - 40x50 cm


Curiosidad - Mixta sobre cartón - 10 x 20
Curiosidad I - Mixta sobre cartón - 10 x 20




Infancias

Lo que hay en el fondo II - Acrílico sobre tela - 50x60 cm

Lo que hay en el fondo I - Acrílico sobre tela - 50x60cm

Creo lo que soy - Acrílico sobre tela - 100 x 100

Columpio I - Mixta sobre Tela - 100 x 100

Columpio II - Mixta sobre tela - 100 x 100

El descanso del guerrero - Acrílico sobre tela - 50 x 40

Los ojos del alma - Acrílico sobre tela - 50 x 40

Paralelismo

La ventana entreabierta invitaba a pasar el silencio de la noche fría.  Un aire entrecortado llenaba la habitación en penumbras.  Apenas perceptible una suave música recorría el espacio.   Las palabras fluían y las risas volaban.   El humo anticipado los envolvía.  Los minutos pasaban, las miradas se cruzaban, se sentían.   
Afuera, una inmensa luna recortaría los contornos de la estación cercana.  Bajo su protección aquellos viejos sin destino beberían su vida.  El reflejo de la luz en los durmientes devolvería sin dudas un brillo tramposo.  La brisa nocturna haría volar un papel arrugado, olvidado. 

Y los ojos se acercaban.  Y los autos se detenían.  Los brazos se entrelazaban, temblorosas se buscaban las manos.  Los árboles se estremecían.  Las bocas se buscaban.  El piso temblaba, afuera, adentro.  La estación esperaba.  Y el tren la empapó con su fuerza fugaz en el instante preciso en que los cuerpos se fundían, atravesándolos de energía.  Fijando para siempre ese momento infinito.   Mientras que afuera, el tiempo fluiría. 

Escapen los que puedan

Alejarse de la nostalgia, abandonarla.  Saber que irá con paso firme hacia atrás. Toda ella, con sus imágenes y sus olores.  Como una flecha dirigida al pasado.  Pesado pasado, buscado. 
Escapar del sentimiento. Hacerse fuerte, protegerse.  Avanzar hacia un futuro lejano. Futuro terrenal, humano. 
Negar  la lluvia que cae.  Sin freno, sin sentido.  Lluvia inmensa y desamparada.  Observar el color de la calle de adoquines teñida de ocre mojado.  Imitar el espíritu de una rama que resiste el temporal.  Dejarse ir tras un niño que camina bajo un paraguas agujerado.  Y sentir, sobre todo sentir, fuerte y persistente el sabor de una gota que roza mis labios.  Amarga frescura.  Sentidos colmados.  Asumir la tristeza, abrazarla, quererla.

Y después. Dar vuelta la cara.  Abrir el paraguas.  Negro, fuerte, sombrío paraguas urbano.  Caminar debajo, huyendo de aquella que sin falta viene a buscarte cada noche de lluvia.

Náufrago

Era simple. No pedía mucho.  Había vivido ya la mitad de su vida.  Se consideraba un hombre adulto que cumplía con sus deberes y rutinas. Pagaba sus impuestos, sus culpas y fracasos.
Pero cada diciembre, cuando el sol imposible le abofeteaba el rostro camino del trabajo, inevitablemente él quería volver.  Volver a refugiarse en aquellos brazos redondos para sentirse envuelto de su calor amarillo.  Regresar por un minuto a esos días en los que el mundo no era mundo, sólo maravillas por descubrir.  Sentir con manos infladas el olor del barro abandonado en las esquinas tras las lluvias de verano.  Correr para alcanzar con la mirada el sonido de un avión que se aleja hacía tierras encantadas.  Y remontar un barrilete con todas sus fuerzas hasta alcanzar el cielo una vez más.  Sólo una vez más.

En ese deseo imposible pasaba sus días de oficina. Preguntándose qué barquito de papel lo había olvidado ahí. 

Ilusión

Esconderse. Huir de la vorágine. Encontrar calma.
Será ahí? Será entonces?  Sabía que esas preguntas nunca dejarían de perseguirlo.  Como el tiempo.  Tiempo que corre, que se escapa y  duele.  En él todo es sufrimiento.  Angustia y soledad.   Ni el pozo más profundo, ni el más alto de los árboles.  Planicie, pura y llana. Planicie que no sirve, que no aguanta. Estúpida planicie.
Esconderse. Huir de la locura.  Encontrar armonía.
Hacia dónde?  Hacia cuándo?  No existía un ahora que lo conforme.  Nunca hubo un mañana que lo contenga. Ni el pasado más lejano, ni el futuro menos certero.  Espacio, vacío y amargo. Espacio que lo oprime. Tenebroso espacio.

Y la nada, que lo espera.  Armoniosa y calma.

Contramano

Ruben va.  No sabe hacia dónde.  Cada mañana elije un camino en esa inmensidad que lo rodea.  Cada tarde regresa, escoltado por colores y vientos.  Ruben va, sin rumbo.  

A veces el mundo le grita que va en sentido contrario.  Él sigue, sabiéndose sabio.  Ruben tiene ya muchos años.  La espalda doblada de tanto trabajo.  La frente surcada, los ojos pequeños.  Toda su vida transcurrió entre montañas.  La gente, los otros, los que llegan y se van, mucho no le importaron.  A Ruben le enseñaron que la vida es sacrificio. Mirar para abajo. Pero cada tanto, él alza la vista y su alma inquieta descubre el infinito.  Sigue caminando, observando el piso, las manos colgando.  Continúa su paso por el camino cansado.  Pero cada tanto, él se detiene, observa.  Sabe que aquellos que vienen y van, los que no miran para abajo y saben poco de sacrificios,  quienes creen conocerlo todo sólo porque llegan de lugares lejanos, ellos, son los que van en sentido contrario.

Soledades

Soledades, almas que se cruzan pero no se ven. La pena en los ojos, las arrugas en la piel.  Saberse sin destino y aun así buscarlo.  Sucede. No hay espacio ni tiempo que nos evite caminar por esta vida sufriendo.  No hay lugar que nos proteja de las heridas cuando éstas son del alma.  No hay pueblo o ciudad cuando el cuerpo deja lugar a la esencia. Cuando nuestro ser respira.  

Encontrar la certeza de esa imposibilidad en un paisaje, en sus colores y sus formas.  Descubrirlo en una mirada, en el profundo color negro de unos ojos pequeños.  Sentirlo cuando el sol, fuerte, penetrante, absurdo,  te llega hasta los huesos.  Saber que es ese mismo sol el que los forjó a ellos, los que están ahí, en el norte, ofreciéndome ahora estas sensaciones. 

Sahumerio

El humo se movía en el aire, convirtiéndose a cada segundo en una nueva y maravillosa escultura etérea, amorfa, sin más significado que su belleza misma. Sin alusiones ni compromisos.  Simplemente movimiento. Observaba esos instantes de hermosura. El ángulo perfecto entre la luz y el sahumerio encendido buscando relajar pensamientos.  Las infinitas posibilidades de haberlo ubicado más lejos o más cerca, de haberlo hecho antes o después de que ese preciso rayo de luz traspasara de esa forma exacta, indescriptible, el vidrio de su ventana.  Las infinitas posibilidades que lo trajeron hoy, ahora, a estar observando ese instante.  Se preguntaba por todo eso mientras sentía el placer que le ocasionaba estar descubriendo la belleza en algo tan simple como esa escena de domingo.  La tarde, el sol, el humo, nada más. La perfección de ese momento que segundos antes había estado teñido de dolor y tristeza.  Inexplicables, como siempre, y por lo mismo tan duros.  Porque antes, claro, antes era todo dolor. Antes no había maravillas descubiertas ocasionalmente en el vidrio de una ventana.  Pero ahora, ahora que sí existían esos instantes de inmenso regocijo, que en algunas oportunidades habría querido llamarlos felicidad, ahora entonces, esa constante nube de insatisfacción le resultaba aún más pesada. Esa falta de esperanza le oprimía el pecho sin dejarlo respirar.  Vivir sumido en la rutina de no apreciar el humo de un sahumerio solía ser más fácil, más cómodo.  Con toda la tremenda amenaza que lo fácil y lo cómodo implican para la vida.  Ahora, que después de mucho tiempo, mucha monotonía y absurdo sufrimiento, se permitía apreciar de otra forma la vida, la alegría posible, esos momentos del pasado se le hacían más pesados, menos llevaderos.  Entonces detuvo la contemplación y descubrió que su admiración hacia el humo escondía, en el fondo, una fuerte envidia. Por su simpleza, por su belleza despojada, pero sobre todo, por su capacidad de cambio y movimiento.   

Es necesario disgregarse

Dos personas enfrentadas sin hablar.  Una adolescente leyendo con atención.  Dos niños caminan por la vereda, cruzan la calle.  Una chica repasa sus apuntes de estudio.  Tres mujeres charlan, dos hombres no se entienden.  La moza le lleva un café a un viejito de mirada triste, la espuma del espresso se deja ver en el vaivén de su andar.  Una señora pequeña, con tapado rojo y paso lento, lleva flores. Una figura se duplica en el reflejo del vidrio, sentada, fumando.  Soy yo. Me fui.  Salí de mí.  Soy una más entre todos. Juntos, separados, solos, acompañados.  La vida pasa entre estas mesas, por estas calles, en este lugar del mundo.  Desde afuera la veo suceder y la siento, como nunca antes, en cada poro de mi cuerpo. 

Mujeres