Sahumerio

El humo se movía en el aire, convirtiéndose a cada segundo en una nueva y maravillosa escultura etérea, amorfa, sin más significado que su belleza misma. Sin alusiones ni compromisos.  Simplemente movimiento. Observaba esos instantes de hermosura. El ángulo perfecto entre la luz y el sahumerio encendido buscando relajar pensamientos.  Las infinitas posibilidades de haberlo ubicado más lejos o más cerca, de haberlo hecho antes o después de que ese preciso rayo de luz traspasara de esa forma exacta, indescriptible, el vidrio de su ventana.  Las infinitas posibilidades que lo trajeron hoy, ahora, a estar observando ese instante.  Se preguntaba por todo eso mientras sentía el placer que le ocasionaba estar descubriendo la belleza en algo tan simple como esa escena de domingo.  La tarde, el sol, el humo, nada más. La perfección de ese momento que segundos antes había estado teñido de dolor y tristeza.  Inexplicables, como siempre, y por lo mismo tan duros.  Porque antes, claro, antes era todo dolor. Antes no había maravillas descubiertas ocasionalmente en el vidrio de una ventana.  Pero ahora, ahora que sí existían esos instantes de inmenso regocijo, que en algunas oportunidades habría querido llamarlos felicidad, ahora entonces, esa constante nube de insatisfacción le resultaba aún más pesada. Esa falta de esperanza le oprimía el pecho sin dejarlo respirar.  Vivir sumido en la rutina de no apreciar el humo de un sahumerio solía ser más fácil, más cómodo.  Con toda la tremenda amenaza que lo fácil y lo cómodo implican para la vida.  Ahora, que después de mucho tiempo, mucha monotonía y absurdo sufrimiento, se permitía apreciar de otra forma la vida, la alegría posible, esos momentos del pasado se le hacían más pesados, menos llevaderos.  Entonces detuvo la contemplación y descubrió que su admiración hacia el humo escondía, en el fondo, una fuerte envidia. Por su simpleza, por su belleza despojada, pero sobre todo, por su capacidad de cambio y movimiento.