Pero cada diciembre, cuando el sol imposible
le abofeteaba el rostro camino del trabajo, inevitablemente él quería
volver. Volver a refugiarse en aquellos
brazos redondos para sentirse envuelto de su calor amarillo. Regresar por un minuto a esos días en los que
el mundo no era mundo, sólo maravillas por descubrir. Sentir con manos infladas el olor del barro
abandonado en las esquinas tras las lluvias de verano. Correr para alcanzar con la mirada el sonido
de un avión que se aleja hacía tierras encantadas. Y remontar un barrilete con todas sus fuerzas
hasta alcanzar el cielo una vez más.
Sólo una vez más.
En ese deseo imposible pasaba sus días de
oficina. Preguntándose qué barquito de papel lo había olvidado ahí.