Escapen los que puedan

Alejarse de la nostalgia, abandonarla.  Saber que irá con paso firme hacia atrás. Toda ella, con sus imágenes y sus olores.  Como una flecha dirigida al pasado.  Pesado pasado, buscado. 
Escapar del sentimiento. Hacerse fuerte, protegerse.  Avanzar hacia un futuro lejano. Futuro terrenal, humano. 
Negar  la lluvia que cae.  Sin freno, sin sentido.  Lluvia inmensa y desamparada.  Observar el color de la calle de adoquines teñida de ocre mojado.  Imitar el espíritu de una rama que resiste el temporal.  Dejarse ir tras un niño que camina bajo un paraguas agujerado.  Y sentir, sobre todo sentir, fuerte y persistente el sabor de una gota que roza mis labios.  Amarga frescura.  Sentidos colmados.  Asumir la tristeza, abrazarla, quererla.

Y después. Dar vuelta la cara.  Abrir el paraguas.  Negro, fuerte, sombrío paraguas urbano.  Caminar debajo, huyendo de aquella que sin falta viene a buscarte cada noche de lluvia.

Náufrago

Era simple. No pedía mucho.  Había vivido ya la mitad de su vida.  Se consideraba un hombre adulto que cumplía con sus deberes y rutinas. Pagaba sus impuestos, sus culpas y fracasos.
Pero cada diciembre, cuando el sol imposible le abofeteaba el rostro camino del trabajo, inevitablemente él quería volver.  Volver a refugiarse en aquellos brazos redondos para sentirse envuelto de su calor amarillo.  Regresar por un minuto a esos días en los que el mundo no era mundo, sólo maravillas por descubrir.  Sentir con manos infladas el olor del barro abandonado en las esquinas tras las lluvias de verano.  Correr para alcanzar con la mirada el sonido de un avión que se aleja hacía tierras encantadas.  Y remontar un barrilete con todas sus fuerzas hasta alcanzar el cielo una vez más.  Sólo una vez más.

En ese deseo imposible pasaba sus días de oficina. Preguntándose qué barquito de papel lo había olvidado ahí.