Otra vez.
No sabía si celebrarlo o ignorarlo.
Pero, qué es lo que pasa que sabiendo que no pasa me pasa todo
esto. Sabiendo que no, que es imposible,
que es inconveniente, que es, definitivamente, poco práctico. Sentir, digo.
Pensar así. Más allá de la independencia
del punto de vista. Hay cosas que a
cierta altura de la vida uno conoce. Él
llevaba ya unos cuantos años de vida.
Años pasados entre decepciones.
Decepciones causadas por ese inevitable sentimiento de nostalgia,
melancolía. Melancolía que resulta fundamental para ser poeta. Y a él le gustaba ser poeta. Le llenaba de regocijo escuchar esa palabra
haciendo referencia a su persona. Su
pequeño ser, sus enormes sentidos. Pero claro, llevaba ya muchos años
ofreciéndole a la poesía pedazos de su vida. Días transcurridos en historias imaginarias. Horas observando la inmensidad del firmamento. Minutos evitando que se escape un recuerdo. Dados estos antecedentes, sabía claramente
percibir un problema. Lo habitual hubiera sido sentirse atraído por
ese problema, esa pequeña tormenta en el horizonte de nefasta tranquilidad que
la seguridad ofrece. Porque no le importaba. Porque de eso se trataba. Y eso era lo que lo
hacía poeta. Lanzarse al sentimiento,
volcarse con cuerpo y alma, arrancarse los ojos por mirarla. Sin embargo, esa noche de insomnio pensó no,
mejor no, el alma le pesaba ya un poco, los sentimientos le dolían por algún
lado. La razón que es la enemiga del
amor, le ganó por primera vez la partida.
Dejando de lado su ser, su esencia cansada de tantos embotes en esta vida.
Le pidió perdón al poeta, lo despidió
con lágrimas secas. Miró para otro lado,
dejó atrás el sentimiento, retrajo el cuerpo y el alma, cerró los ojos para no
mirarla. Y nunca más volvió a conciliar
el sueño.