El sol del verano reflejaba figuras a través
de las hojas de los árboles. Si se
miraba bien, se podía distinguir una especie de túnel de luz entre las ramas.
Se quedó mirando para arriba, embelesado con las imágenes que se formaban,
echando con toda su fuerza el cuello hacia atrás para alcanzar con la vista la
altura que sus ocho años no le daban.
Fue un instante, segundos robados al picadito del barrio, con los pibes
de siempre, los de antes, los que tenían que volver corriendo a sus casas
cuando la mamá los llamaba a tomar la leche.
El calor, que hacía más desiertas las tranquilas calles de adoquines, no
impedía que ellos se escaparan a correr tras su pelota marrón con rayas
amarillas. Las zapatillas, los
pantalones cortos, los pelos rapaditos.
Le gritaron, al principio los oyó de lejos, como desde otra realidad. Quién, cómo, cuándo. Todos nos preguntamos esas cosas cuando la
inocencia todavía nos llena de curiosidad. Pero a él esos interrogantes lo
atrapaban. Se podía quedar horas analizándolos.
De dónde viene tanta belleza? Es
real este árbol? Pero faltaba uno en la cancha y los muchachos
lo requerían. De tanto insistirle
lograron que bajara de aquella rama que había alcanzado con la imaginación.
Salió corriendo. Su cabeza todavía
estaba haciéndose preguntas. Su cuerpito
se desplazó casi sin pensarlo. La
esquina silenciosa se paralizó con el ruido de una frenada. El tiempo que los hombres creen conocer y que
intentan dominar, se detuvo unos instantes.
El brillo del metal, el olor de las gomas, habrán sido reales? Se preguntó si era posible que todavía esté
vivo.
Desde entonces transitan estos mundos, dos
hombres que, sin haberse cruzado jamás, recuerdan la misma tarde de calor y el
mismo reflejo de luz entre las ramas de los árboles.